La otra carrera por el dinero digital: los bancos también están tokenizando

Mientras gran parte de la conversación sobre blockchain sigue mirando a las criptomonedas, bancos centrales y entidades financieras están probando algo mucho más silencioso: tokenizar el dinero que ya existe dentro del sistema bancario.

CONOCIMIENTO

Carla Torazzi

8/22/20266 min read

La otra carrera por el dinero digital: los bancos también están tokenizando

Mientras gran parte de la conversación sobre blockchain sigue mirando a las criptomonedas, bancos centrales y entidades financieras están probando algo mucho más silencioso: tokenizar el dinero que ya existe dentro del sistema bancario. Y en julio dieron un paso importante, porque las pruebas ya incluyeron operaciones con valor real.

Hay algo que me parece fascinante de todo lo que está pasando con la tokenización: muchas de las transformaciones más importantes probablemente no las veamos directamente en una app ni impliquen aprender a usar una nueva moneda. Pueden ocurrir detrás de escena, en la infraestructura que hace posible que el dinero llegue de un banco a otro, de una empresa a otra o de un país a otro.

Eso es, básicamente, lo que está investigando Project Agorá, una iniciativa impulsada por el Bank for International Settlements —el BIS, conocido muchas veces como “el banco de los bancos centrales”— junto con el Institute of International Finance. Participan ocho bancos centrales y más de 40 instituciones financieras reguladas. Entre ellos están el Bank of England, la Reserva Federal de Nueva York, Banque de France por el Eurosistema, Bank of Japan, Bank of Korea, Bank of Mexico, Swiss National Bank y Bank of Canada.

La idea que están probando puede sonar compleja, pero en realidad parte de algo que usamos todos los días: el dinero depositado en un banco.

Cuando mirás tu cuenta y ves que tenés US$1.000, esos dólares no son billetes guardados en un cajón con tu nombre. Ese saldo representa una obligación de tu banco hacia vos. En Project Agorá están estudiando qué pasa si ese mismo tipo de dinero bancario puede representarse digitalmente mediante tokens y utilizarse en una infraestructura programable.

¿Un token? En este contexto no hay que imaginar una criptomoneda rara. Pensemos simplemente en una representación digital de un activo o un derecho que puede moverse bajo determinadas reglas.

Lo más importante es que el dinero no cambia jurídicamente por estar tokenizado. El BIS lo dice expresamente: los depósitos tokenizados siguen siendo obligaciones de los bancos comerciales y las reservas tokenizadas siguen siendo obligaciones de los bancos centrales. Cambia la tecnología utilizada para operar con ellos, no quién responde por ese dinero.

Para entender por qué esto puede ser útil, pensemos en una transferencia internacional. Desde nuestro teléfono parece muy simple: ponemos un destinatario, un monto y apretamos enviar. Pero detrás pueden intervenir varios bancos, diferentes sistemas, controles, mensajes entre instituciones, conversiones de moneda, conciliaciones y horarios que no siempre coinciden. Un pago puede atravesar distintas bases de datos y cada una tiene que confirmar que su parte de la operación está correcta.

Es como si para enviar un paquete de Buenos Aires a Londres tuviéramos que pasarlo por varias empresas diferentes y cada una llevara su propio registro. El paquete probablemente llegue, pero hay más pasos, más coordinación y más posibilidades de demora.

Project Agorá intenta comprobar si parte de esa infraestructura puede funcionar de otra manera: depósitos de bancos comerciales y reservas de bancos centrales representados digitalmente dentro de una plataforma compartida, donde algunas etapas puedan coordinarse y ejecutarse automáticamente. El BIS considera que esto podría ayudar a reducir procesos secuenciales, conciliaciones manuales y otros problemas que hoy hacen que los pagos internacionales sean más lentos, costosos y difíciles de seguir.

Y acá aparece una de esas expresiones financieras que parecen diseñadas para asustar gente: liquidación atómica.

En realidad es bastante sencilla.

Imaginemos que un banco tiene que entregar dólares y otro debe entregar euros como parte de la misma operación. La infraestructura puede organizar el intercambio para que las dos partes se completen juntas o no se complete ninguna.

Eso evita el riesgo de que una parte entregue lo suyo y quede esperando que la otra termine. El prototipo de Agorá consiguió demostrar este tipo de liquidación entre distintas monedas y jurisdicciones.

También entra en juego la programabilidad. Un pago podría tener determinadas condiciones incorporadas desde el comienzo: “el dinero se libera cuando sucede esto”, “la operación se completa cuando ambas partes están listas” o “antes de ejecutar, deben cumplirse determinados controles”. No significa que un smart contract vaya a decidir libremente qué hacer con el dinero de un banco. Significa que algunas reglas que hoy requieren diferentes pasos y verificaciones pueden incorporarse al propio flujo de una transacción.

En julio de 2026 el proyecto avanzó un poco más. Veintiocho instituciones financieras y bancos centrales de Asia, Europa y América del Norte realizaron operaciones con valor real en un entorno controlado. Se probaron 17 escenarios diferentes y se movieron aproximadamente 800.000 francos suizos, con operaciones individuales de entre CHF 9.000 y CHF 125.000 o su equivalente en monedas locales.

¿Es mucho dinero para el sistema financiero? No, es prácticamente insignificante. Y justamente por eso no hay que leer el número como una señal de adopción masiva. El dato importante es que pasaron de probar números dentro de una simulación a liquidar operaciones con valor real.

Ese es un avance concreto, pero sigue siendo un experimento.

Project Agorá no es un nuevo sistema internacional de pagos listo para reemplazar lo que usamos hoy. El propio BIS lo define como un prototipo destinado a estudiar si este modelo es deseable, técnicamente posible y viable. Para llegar a una infraestructura utilizada a gran escala todavía hay que resolver cuestiones regulatorias, legales, operativas, tecnológicas y de gobernanza.

También hay otra aclaración importante: esto no funciona como Bitcoin o Ethereum.

No es una red pública donde cualquiera descarga una wallet y empieza a mover dinero. Estamos hablando de una infraestructura para bancos centrales e instituciones financieras reguladas, con participantes identificados, acceso controlado, privacidad y reglas específicas para cada jurisdicción. El BIS estudia precisamente cómo incorporar programabilidad sin perder cuestiones básicas para el sistema financiero, como la prevención del lavado de dinero, las sanciones, la protección de datos y la certeza de que un pago, una vez liquidado, sea jurídicamente definitivo.

Y esto me parece importante porque ayuda a entender hacia dónde está evolucionando blockchain en el mundo institucional.

Durante años la discusión parecía plantearse como una elección entre dos mundos: blockchain por un lado y bancos por el otro. La realidad empieza a mostrar algo bastante menos binario. Los bancos pueden tomar herramientas que surgieron alrededor de blockchain —tokenización, registros compartidos, smart contracts, programabilidad— y adaptarlas a un sistema financiero regulado.

No necesitan convertir un dólar en otra moneda para hacerlo. Pueden seguir trabajando con dólares, euros, yenes o libras y modificar la infraestructura que existe debajo.

Pensemos en otro ejemplo. Cuando mandamos un mensaje por WhatsApp no necesitamos saber qué servidores, protocolos o procesos hicieron posible que llegara al otro teléfono. Nos importa que llegue rápido y que funcione. Con el dinero puede pasar algo parecido. Si dentro de algunos años una empresa logra realizar un pago internacional más rápido porque diferentes bancos pueden coordinar una operación sobre infraestructura tokenizada, probablemente su cliente ni siquiera vea el token.

Va a seguir viendo dinero.

La transformación estará abajo.

Por eso creo que este tema merece atención incluso para quienes nunca compraron una criptomoneda ni tienen intención de hacerlo. La tokenización empieza a escapar de esa idea de “convertir algo en un token para venderlo” y entra en un terreno bastante más profundo: usar esta tecnología para hacer que activos y dinero puedan moverse, coordinarse y ejecutar determinadas reglas de una manera diferente.

El BIS viene desarrollando una visión en la que depósitos bancarios tokenizados, reservas de bancos centrales y otros activos financieros digitales podrían interactuar dentro de infraestructuras programables. Project Agorá es una de las pruebas concretas de esa idea.

Todavía no sabemos si ese será el modelo que termine imponiéndose. Y sería irresponsable afirmarlo hoy. Lo que sí sabemos es que algunos de los bancos centrales y actores financieros más importantes del mundo ya están destinando recursos a comprobar si funciona.

Y para mí ahí está la noticia.

Durante mucho tiempo hablamos de blockchain como una tecnología que venía a construir un sistema financiero paralelo. Hoy estamos empezando a ver otra posibilidad: que una parte de esa tecnología termine metiéndose silenciosamente dentro del sistema financiero que ya usamos.

Quizás el cambio no sea que un día abramos el banco y descubramos que tenemos “tokens” en lugar de dólares.

Quizás sigamos viendo exactamente los mismos dólares.

Solo que, por debajo, la forma en que se mueven ya no sea la misma.

Fuentes

La información y las cifras utilizadas en esta nota fueron contrastadas con documentación oficial del Bank for International Settlements (BIS): Project Agorá: exploring tokenisation of wholesale cross-border payments, actualizado el 30 de julio de 2026; Project Agorá: a shared programmable platform for wholesale cross-border payments, publicado el 27 de mayo de 2026; y el BIS Annual Economic Report 2026.

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